La causa

El empleado repite:
son dos con ochenta.
El cliente mantiene un silencio inmóvil, con la mirada fija en su gorra corporativa.
Señor, ¿me escucha?
Pero el cliente está tomando la decisión más trascendental en la vida de ambos. Estudia a su interlocutor: restos del desayuno atrapados en los dientes, el proyecto de barba que oculta las espinillas, la mirada vacuna. No. Este hombre no es el enemigo. Es el vacío. Su vida o su muerte no aportan nada a la causa.
Lentamente aparta el dedo del detonador, oculto en el bolsillo de la chaqueta. Y busca los dos con ochenta.

De frente

Juanillo, a ti te han domesticado. Te lo digo a la cara, tú sabes que yo siempre voy de frente. Te han puesto la correa. A ti, que eras una leyenda de la noche, que nadie te seguía el ritmo ni a cubatas ni a tías. Siempre eras el primero en llegar y el último en marcharte. Y mírate ahora, disfrazado de pingüino, sonriendo como si este paripé te emocionara. Yo te quiero, Juanillo, pero este no eres tú. 
Y dejadme en paz, coño, que no voy a soltar el micrófono. Aun tengo muchas cosas que decirle a los novios.

Once pasos

Jugaron el partido, sufrieron la prórroga y fallaron todos los penaltis. Después de un centenar de penas máximas erradas, el reglamento establecía el lanzamiento de una moneda para el desempate. Por supuesto, con lo tonta que estaba la tarde, cayó de canto, en milagroso equilibrio, mientras el árbitro internacional murmuraba un prosaico “no me jodas”. 
Las deliberaciones posteriores fueron tan intensas que incluyeron dos tarjetas amarillas. Finalmente apareció el linier cargando un maletín con dos pistolas que entregó a sendos capitanes, tan voluntariosos como estupefactos. Once pasos después, los disparos y el pitido de final de partido fueron todo uno.

Sumergido

Obviamente, subiría a tomar aire a la superficie si no fuera por las manos que le mantienen sumergido.
Y con toda seguridad quien le retiene allí no se tomaría todas estas molestias (porque, honestamente, la tarea no es sencilla y requiere un considerable esfuerzo físico y emocional) sin la urgencia de cobrar por, digamos, la gestión.
Curiosamente, las deudas que provocaron esta acuciante necesidad de efectivo en la persona sobre el agua, no existirían sin su afición descontrolada a ciertos vicios en los que le introdujo años atrás el hombre sumergido.
Pero ni esta ironía sobrevive a la última burbuja.

Antes de que lo preguntes

Hola. Como puedes ver en las fotos de mi perfil, tengo una discapacidad. Pero me gusta el sexo y puedo sentir en todas partes (antes de que lo preguntes). No busco compasión. Vivo sola, soy independiente y tengo trabajo. Me considero una persona alegre y bastante feliz, pero no puedo sonreír debido a mi parálisis. Me desplazo en una silla de ruedas, pero tengo cierta movilidad que, por desgracia, ahora estoy perdiendo. Me gustaría mantener encuentros esporádicos antes de que mi dolencia vaya a peor. 
Si tienes alguna duda, estaré encantada de responder. 
Pero por favor, no seas un idiota.

Péndulo

- ¿Qué hago aquí? ¿Qué está pasando?
- ¿Sabes quién eres?
- No. ¿Quién es usted? ¿Quién es esa gente?
- Estás en un espectáculo de magia. Te acabo de hipnotizar.
- Esto no me gusta. No recuerdo mi nombre.
- No te preocupes. Te llamas Cleopatra, eres…
- No diga gilipolleces. No soy un mono de circo. Quiero recuperar mi identidad.
- De acuerdo, pero primero tienes que ser Cleopatra unos minutos, esta gente ha pagado su entrada.
- O me devuelves la memoria o te tragas ese péndulo.
Con unas prisas muy poco melodramáticas, El Gran Zaraz chasquea nuevamente los dedos.
- ¿Qué hago aquí? ¿Qué está pasando?

Los buenos momentos

Manolo, dejo esta nota en el bote de las galletas, porque sé que tarde o temprano vendrás a picar, que tú no sabes controlarte.
Cuando leas esto, ya no estaré a tu lado. Gracias por los buenos momentos y por tu cariño durante mi enfermedad.
También quiero decirte que no me parecería nada bien que te casaras de nuevo ahora que no estoy. Sé que cada vez que me marchaba al pueblo tú te ibas de fulanas, que siempre has sido muy fogoso y muy cabrón. Qué remedio.
Pero casarte de nuevo, ni se te ocurra, Manolo.
Tuya siempre,
Marisa

Zona de Confort

Paco, yo sé que estás muy motivado y me alegro un montón. Has mejorado mucho estas últimas semanas. Reconozco que aquellos videos te vinieron muy bien y casi pareces otro. Pero cariño, tienes que aprender a filtrar un poco. Ya me explicaste diez veces lo de salir de la zona de confort. Pero si vamos al súper de siempre es porque está cerca, tiene parking y buenos precios. Si quieres, lo recorremos en otro orden o nos llevamos cuscús en vez de arroz, pero yo llevo casi doce horas trabajando. Solo quiero hacer la puta compra y llegar a casa.

En tu derecho

Tu entrevista fue bien, nos pareciste una aspirante muy seria. Y dejaste claro que conoces el puesto. No, no hiciste nada mal. Simplemente había otro candidato con un perfil que se ajustaba mejor a lo que estamos buscando. Aportaba un valor añadido. Fue una decisión interna, no tenemos que dar explicaciones. No, aquí eso no se tiene en cuenta. Bueno, yo tengo mi propia opinión, porque ya he sufrido lo de formar a una trabajadora y luego estar preocupado por si se queda embarazada. Y eso con un hombre no pasa. Pero que quede claro que estás en tu derecho.

Ya empieza

- ¿Para qué? Usted no va a creerme.
- Tú cuéntamelo.
- No hay mucho que contar. Anoche volvíamos a casa, yo iba conduciendo. 
- ¿Iban hablando?
- No, escuchando la radio. A ella le encanta el jazz. Le encantaba, supongo.
- ¿Y qué pasó?
- De pronto noté que estaba llorando en silencio. Me miró y dijo algo como: “Ya empieza, cariño. Tengo que volver. No creo que pueda regresar contigo”.
- ¿Y?
- Suena a locura, pero comenzó a irradiar una luz blanca, muy intensa. Y… desapareció. Sus ropas, las gafas, todo cayó al asiento, pero ella ya no estaba allí.
- Claro que te creo. Aparentemente eso mismo sucedió ayer con cientos de personas.

La Lista

- Lo siento, no estás en la lista. No puedes pasar.
- Tengo que estar. Mira de nuevo.
- Ya he mirado. No estás.
- Debe ser un error. Me aseguraron que estaría.
- Ya. Todos dicen lo mismo.
- Esto es inaceptable. Quiero hablar con tu superior.
- Lo siento, aquí no hay nadie más. Solo estoy yo.
- Entonces, ¿quién te da la lista?
- Nadie. Está aquí cuando comienzo mi turno.
- Y tú te limitas a cogerla y controlar la puerta.
- Sí
- Respóndeme a una cosa, ¿alguna vez dejas pasar a alguien?
- En realidad, no - susurra San Pedro. Nunca ha habido un nombre en la lista.

Un juego


Todos los domingos, puntuales y expectantes, los sobrinos almuerzan con tía Tula. Mientras les sirve la sopa, repasa los rumores más notables del vecindario, pródigo en leyendas de sangre caliente.
En realidad todo es un juego. Los sobrinos van divulgando las historias más descabelladas, para que lleguen a oídos de la tía. El ganador es quien le cuele la patraña más escandalosa.
- Dios misericordioso. Se dice por ahí que el nuevo cura es hermafrodita.
Estallan las risas, el vencedor levanta su copa.

En realidad, Tula es todo menos tonta. Pero no quiere que los niños dejen de venir los domingos.

La Ley



Presidente, gracias por atenderme. Sé que estás ocupado. Solo quería hacerte un comentario sobre la votación. Te cuento en confianza: tuve a la niña de Erasmus en Italia. Te prometo que es un ángel. Pero se echó un novio gilipollas y hace dos meses nos apareció con un bombo. Presidente, yo siempre había tenido otra opinión, pero in situ, no vi otra salida que proteger su futuro. Por eso ahora, a nivel ético, me sabe mal votar la ley.
Yo preferiría ausentarme ese día.
Pero solo si tú estás de acuerdo.
Que tampoco pretendo anteponer temas personales al servicio público.

Esta sangre

Una pequeña flor roja se imprime en el suelo.
- Señor… está goteando. ¿Eso es sangre?
- Creo que sí.
- ¿Está bien? ¿Se ha herido en el brazo?
- No estoy seguro, señorita. Me parece que esta sangre no es mía.
- ¿Qué ha pasado?
- No sabría decirle. Me viene una imagen terrible de varios cuerpos, apilados en la bañera de mi habitación. Pero no sé si realmente están allí o si es otro de mis delirios. Puede que sea un corte accidental.
- Voy a llamar a la policía, usted no se mueva.
- Aquí me quedo, señorita. No se preocupe. Yo también quisiera aclararlo.

Rabdomante

- ¿Profesión?
- Rabdomante supremo, maestro de las líneas ley.
La funcionaria ni siquiera levanta la vista.
- ¿Y eso qué es?
- Puede poner radioestesista.
- No va a salir. ¿Es una especie de quiropráctico?
- No, no. Quizás venga por zahorí.
- ¿Zahorí? ¿Los que caminan por el monte moviendo un palo?
El rabdomante enrojece sutilmente.
- Bueno, es más complicado que eso. Detectamos radiaciones y venas metalíferas que
Le silencia el solemne aleteo de unas pestañas generosas en rímel y a continuación la mirada más prosaica del mundo.
Se libra una breve e inmisericorde batalla entre magia y raciocinio.
- Le voy a poner en "otros".

La llamada

- Señor, su mujer por la línea dos.
- ¿Mi mujer?
- Sí. ¿Le paso la llamada?
- ¿Ha dicho que es mi mujer?
- Sí.
- Es un error. Yo no estoy casado.
- Ha preguntado específicamente por usted.
- Pero no puede ser.
- Precisamente su mujer me advirtió que usted negaría estar casado.
- ¿Eso ha dicho?
- Sí, señor. Y también que usted no es quién dice ser. Que lleva seis meses simulando ser el nuevo jefe de cuentas. Que si quiero, le pregunte dónde está el auténtico, pero que con toda seguridad usted preferiría recordar su matrimonio a que yo siguiera hablando.
- Páseme a mi mujer.

El taxista

El taxista, en vez de arrancar, gira lentamente la cabeza hacia ella. El grueso cuello forzado, la papada que oscila en un ejercicio hipnótico.

- No, señorita. No voy a seguir a ese coche. No insista. Créame, me han dicho esa frase muchas veces. Y nunca, ni una sola vez, ha traído nada bueno. La vida no es una película. Sea honesta consigo misma, tome su decisión de una vez. Porque lo que pretende querer averiguar siguiéndole, en realidad usted ya lo sabe.

Y vuelve a su crucigrama dejando correr el silencio, indiferente a si terminará en portazo o en llanto.

Naranjas

Venía de comprar naranjas la mañana que comenzó el Apocalipsis.
Había localizado el mejor género del mercado y, satisfecho, cargaba con tres kilos en una malla.
Inevitablemente rodaron por el suelo cuando la voz anunció el fin y los meteoritos trazaron en el cielo líneas de fuego tan bajas que violentaron los edificios cercanos como jarrones de porcelana.
Inmóvil bajo la lluvia de cristales, Caín contempló desencantado como aquellas preciosas naranjas se dispersaban entre la multitud que corría o se arrodillaba.
No por primera vez sufría los rigores de la ira de Dios.
Pero sonrió pensando que sería la última.

La chica de la curva

Hay un momento muy embarazoso cuando los dos operarios coinciden con la chica de la curva, que titila con palidez lunar. No puede haber escena más incongruente: ellos con su ropa reflectante y su tabaco negro, ella siniestra y traslúcida en su traje blanco. 
Con respetuosa diligencia saludan y plantan allí la señal de curva peligrosa, escrutados por unos ojos muertos. 
El exorcismo se completa sin aullidos, solo hay unos comentarios mordaces de la ya exfuncionaria sobre la histórica desidia del gobierno regional con estas carreteras. 
Ellos asienten, qué les va a contar. 
Luego la noche queda libre de ectoplasmas.

Invulnerable

Junior, no hay sicarios jubilados, como no hay veteranos de la ruleta rusa. Si te has decidido por esta vida tienes que estar siempre preparado para cuando llegue el golpe. No te pido que te obsesiones, solo que viajes ligero, que tengas siempre listos tus asuntos. No es fácil, pero aprenderás que es un modo glorioso de vivir. 
Te hará poderoso, porque te sentirás en paz, invulnerable. 
Y si consigues transmitir eso, habrá muy pocos que se atrevan a cruzar tu camino. 
Pero no te engañes. Algún día ocurrirá. 
Y ellos siempre tendrán muchas balas. Y tú una sola vida.

Sorpresa

Tenías razón, amor, no era buena idea hacerte una fiesta sorpresa. Lo dijiste muchas veces todos estos años: que nunca te organizara nada parecido. Pero, ¿qué sentido tiene obedecer algo así? Parecías tan tensa, tan frágil, que pensé que necesitabas un momento catártico y relajarte. Subestimé tu miedo a la oscuridad, el pánico de creerte atrapada con un intruso en el apartamento. No llores, amor. Te prometo que lo he entendido. La certeza de mi error es este hermoso palmo de acero inoxidable que, aterrorizada, acabas de hundir en mi vientre. Mientras se encendían las luces 
y todos gritábamos
sorpresa.

Luto


El glorioso domingo que ganaron su primer partido de la temporada, llevaban los brazaletes negros en señal de luto por el expresidente del club.
Siguieron cuatro estrepitosas derrotas, nada inusual, hasta la jornada que volvieron los brazaletes, esta vez por la abuela del utillero. El partido fue un festival: regates memorables, cinco goles maravillosos y bailecitos absurdos en la banda.
Pero las siguientes seis derrotas aniquilaron cualquier optimismo. Finalmente alguien verbalizó la conexión, sugiriendo la posibilidad de llevar luto en el partido clave del domingo.
Fue el portero, ceñudo y pragmático, quién se atrevió a decirlo:
- Pues necesitamos un muerto.

Consanguinidad

Después del terrible cruce de reproches, de los gritos y del dramático clímax de la copa estrellada contra el suelo, podría decirse que el resto de la cena transcurre con bastante normalidad.
No es que haya mucha conversación, ni que en realidad ninguno de los doce comensales (relacionados en diversos grados de consanguinidad) disfrute de la comida. Solo se oye un carcelario golpeteo rítmico de cucharas, algún sorber, un llanto silencioso que ocasionalmente deja escapar un sollozo ahogado. Pero los ojos de la anfitriona muestran un venerable atisbo de aprobación. Definitivamente las cosas están yendo mejor que el año pasado.

La bolsa negra

Toma aire y da una patada a la puerta, el comienzo de todo.

Un segundo después, apunta con un arma falsa a los hombres de la mesa.
Un minuto después, corre cargando la bolsa negra.
Una hora después, con un volantazo esquiva al coche que le embiste.
Un día después, rapado al cero, se afeita apresuradamente la barba.
Una semana después, come un horrible tajín en Marruecos, vigilando la calle.
Un mes después, insomne, contempla el ventilador girar.
Un año después, alguien dice su nombre a su espalda.

Cierra los ojos. Nunca imaginó que este momento también traería el alivio.
 


Veinte metros


Oscar, es que soy tu trampolín emocional. Cada vez que te abandonan me usas para recuperarte y saltar hacia otra. Me buscas porque sabes que siempre te espero y que abandonaré a cualquiera por ti. Pero apenas me das unas semanas de felicidad, un día te apagas como una vela y desapareces.

No es el momento más ortodoxo para esta discusión. El regulador no les permite leer los labios, con la máscara de buceo se pierde la expresión de su cara, el agua ralentiza la lengua de signos. 
Pero las palabras, incluso a veinte metros de profundidad, le queman igual.


Chan Chan

La orquesta se esfuerza en derretir con sones caribeños al auditorio, que parece tallado en piedra. Es una bronca entre los viejos dedos arañando canciones calientes y el público, pálido e inmóvil en sus butacas. Tampoco ayuda el escenario, ese coloso incongruente de telones bermellón. Elegancia histórica para los acordes del Chan Chan y la Tula, qué disparate.
Pero el venerable ritmo se abre paso. Un señor de Birmingham comienza a vibrar con ese punto cubano que no suena, se derrama. Siente que unos labios le soplan sensualmente al oído una palabra nueva.
Involuntariamente el primer herido mueve los pies.

La idea



Con un nítido destello cerebral, llega la idea.
Alcanza la mente del músico aprovechando el vacío que trae la lujuria. El huésped, sorprendido en pleno acto sexual, se interrumpe abrumado. Sus pupilas se dilatan con un fulgor azul. La idea, ese parásito insaciable, irradia su mente con sonidos ultraterrenos. Salta de la cama, expulsa a su irritada amante y dedica la noche entera a componer.
Al amanecer ha creado una canción inolvidable. Un clásico instantáneo.
Toca esa misma noche en su local de siempre.
Con los primeros acordes la idea ataca, voraz.
El público enmudece, arrebatado, y cien pupilas centellean.

El amante

En su refugio, el amante acecha sumido en las sombras. En el exterior, un caos terminal ruge y tiembla. Latidos mecánicos de luz naranja marcan los minutos finales de su hogar. No siente miedo, solo le consume una patética impaciencia. 
¿Por qué tarda tanto? No les queda mucho tiempo.
Al fin la mujer llega, gato en ristre. De nuevo su absoluta fragilidad conmueve al amante. Es un milagro tenaz. Emocionado, se dispone a honrar la delicada carne con un último beso.
Ripley lanza un breve grito cuando el xenomorfo emerge lentamente desde las sombras.
Si el amante pudiera llorar, lloraría.


Horrores


Le cuesta horrores subir las escaleras y abrir la puerta cargando con tantas bolsas, pero del modo inexplicable en que las pequeñas gestas cotidianas se completan, todo termina en la cocina.
Se sienta a beber agua, exhausta, mientras echa un vistazo alrededor. Todo conserva un engañoso halo de familiaridad, pero ahora es otra mujer la que sonríe en las fotos.

- Marisa, bonita, tú nos cuidarás la casa en Agosto, ¿verdad?
- Claro -  le respondió.

Suspira, abre la nevera y la llena metódicamente con los langostinos de las bolsas.
Después, la desenchufa de un tirón.
Sale muy ligera de casa su exmarido.