Un juego


Todos los domingos, puntuales y expectantes, los sobrinos almuerzan con tía Tula. Mientras les sirve la sopa, repasa los rumores más notables del vecindario, pródigo en leyendas de sangre caliente.
En realidad todo es un juego. Los sobrinos van divulgando las historias más descabelladas, para que lleguen a oídos de la tía. El ganador es quien le cuele la patraña más escandalosa.
- Dios misericordioso. Se dice por ahí que el nuevo cura es hermafrodita.
Estallan las risas, el vencedor levanta su copa.

En realidad, Tula es todo menos tonta. Pero no quiere que los niños dejen de venir los domingos.

La Ley



Presidente, gracias por atenderme. Sé que estás ocupado. Solo quería hacerte un comentario sobre la votación. Te cuento en confianza: tuve a la niña de Erasmus en Italia. Te prometo que es un ángel. Pero se echó un novio gilipollas y hace dos meses nos apareció con un bombo. Presidente, yo siempre había tenido otra opinión, pero in situ, no vi otra salida que proteger su futuro. Por eso ahora, a nivel ético, me sabe mal votar la ley.
Yo preferiría ausentarme ese día.
Pero solo si tú estás de acuerdo.
Que tampoco pretendo anteponer temas personales al servicio público.

Esta sangre

Una pequeña flor roja se imprime en el suelo.
- Señor… está goteando. ¿Eso es sangre?
- Creo que sí.
- ¿Está bien? ¿Se ha herido en el brazo?
- No estoy seguro, señorita. Me parece que esta sangre no es mía.
- ¿Qué ha pasado?
- No sabría decirle. Me viene una imagen terrible de varios cuerpos, apilados en la bañera de mi habitación. Pero no sé si realmente están allí o si es otro de mis delirios. Puede que sea un corte accidental.
- Voy a llamar a la policía, usted no se mueva.
- Aquí me quedo, señorita. No se preocupe. Yo también quisiera aclararlo.

Rabdomante

- ¿Profesión?
- Rabdomante supremo, maestro de las líneas ley.
La funcionaria ni siquiera levanta la vista.
- ¿Y eso qué es?
- Puede poner radioestesista.
- No va a salir. ¿Es una especie de quiropráctico?
- No, no. Quizás venga por zahorí.
- ¿Zahorí? ¿Los que caminan por el monte moviendo un palo?
El rabdomante enrojece sutilmente.
- Bueno, es más complicado que eso. Detectamos radiaciones y venas metalíferas que
Le silencia el solemne aleteo de unas pestañas generosas en rímel y a continuación la mirada más prosaica del mundo.
Se libra una breve e inmisericorde batalla entre magia y raciocinio.
- Le voy a poner en "otros".

La llamada

- Señor, su mujer por la línea dos.
- ¿Mi mujer?
- Sí. ¿Le paso la llamada?
- ¿Ha dicho que es mi mujer?
- Sí.
- Es un error. Yo no estoy casado.
- Ha preguntado específicamente por usted.
- Pero no puede ser.
- Precisamente su mujer me advirtió que usted negaría estar casado.
- ¿Eso ha dicho?
- Sí, señor. Y también que usted no es quién dice ser. Que lleva seis meses simulando ser el nuevo jefe de cuentas. Que si quiero, le pregunte dónde está el auténtico, pero que con toda seguridad usted preferiría recordar su matrimonio a que yo siguiera hablando.
- Páseme a mi mujer.

El taxista

El taxista, en vez de arrancar, gira lentamente la cabeza hacia ella. El grueso cuello forzado, la papada que oscila en un ejercicio hipnótico.

- No, señorita. No voy a seguir a ese coche. No insista. Créame, me han dicho esa frase muchas veces. Y nunca, ni una sola vez, ha traído nada bueno. La vida no es una película. Sea honesta consigo misma, tome su decisión de una vez. Porque lo que pretende querer averiguar siguiéndole, en realidad usted ya lo sabe.

Y vuelve a su crucigrama dejando correr el silencio, indiferente a si terminará en portazo o en llanto.

Naranjas

Venía de comprar naranjas la mañana que comenzó el Apocalipsis.
Había localizado el mejor género del mercado y, satisfecho, cargaba con tres kilos en una malla.
Inevitablemente rodaron por el suelo cuando la voz anunció el fin y los meteoritos trazaron en el cielo líneas de fuego tan bajas que violentaron los edificios cercanos como jarrones de porcelana.
Inmóvil bajo la lluvia de cristales, Caín contempló desencantado como aquellas preciosas naranjas se dispersaban entre la multitud que corría o se arrodillaba.
No por primera vez sufría los rigores de la ira de Dios.
Pero sonrió pensando que sería la última.

La chica de la curva

Hay un momento muy embarazoso cuando los dos operarios coinciden con la chica de la curva, que titila con palidez lunar. No puede haber escena más incongruente: ellos con su ropa reflectante y su tabaco negro, ella siniestra y traslúcida en su traje blanco. 
Con respetuosa diligencia saludan y plantan allí la señal de curva peligrosa, escrutados por unos ojos muertos. 
El exorcismo se completa sin aullidos, solo hay unos comentarios mordaces de la ya exfuncionaria sobre la histórica desidia del gobierno regional con estas carreteras. 
Ellos asienten, qué les va a contar. 
Luego la noche queda libre de ectoplasmas.

Invulnerable

Junior, no hay sicarios jubilados, como no hay veteranos de la ruleta rusa. Si te has decidido por esta vida tienes que estar siempre preparado para cuando llegue el golpe. No te pido que te obsesiones, solo que viajes ligero, que tengas siempre listos tus asuntos. No es fácil, pero aprenderás que es un modo glorioso de vivir. 
Te hará poderoso, porque te sentirás en paz, invulnerable. 
Y si consigues transmitir eso, habrá muy pocos que se atrevan a cruzar tu camino. 
Pero no te engañes. Algún día ocurrirá. 
Y ellos siempre tendrán muchas balas. Y tú una sola vida.

Sorpresa

Tenías razón, amor, no era buena idea hacerte una fiesta sorpresa. Lo dijiste muchas veces todos estos años: que nunca te organizara nada parecido. Pero, ¿qué sentido tiene obedecer algo así? Parecías tan tensa, tan frágil, que pensé que necesitabas un momento catártico y relajarte. Subestimé tu miedo a la oscuridad, el pánico de creerte atrapada con un intruso en el apartamento. No llores, amor. Te prometo que lo he entendido. La certeza de mi error es este hermoso palmo de acero inoxidable que, aterrorizada, acabas de hundir en mi vientre. Mientras se encendían las luces 
y todos gritábamos
sorpresa.

Luto


El glorioso domingo que ganaron su primer partido de la temporada, llevaban los brazaletes negros en señal de luto por el expresidente del club.
Siguieron cuatro estrepitosas derrotas, nada inusual, hasta la jornada que volvieron los brazaletes, esta vez por la abuela del utillero. El partido fue un festival: regates memorables, cinco goles maravillosos y bailecitos absurdos en la banda.
Pero las siguientes seis derrotas aniquilaron cualquier optimismo. Finalmente alguien verbalizó la conexión, sugiriendo la posibilidad de llevar luto en el partido clave del domingo.
Fue el portero, ceñudo y pragmático, quién se atrevió a decirlo:
- Pues necesitamos un muerto.

Consanguinidad

Después del terrible cruce de reproches, de los gritos y del dramático clímax de la copa estrellada contra el suelo, podría decirse que el resto de la cena transcurre con bastante normalidad.
No es que haya mucha conversación, ni que en realidad ninguno de los doce comensales (relacionados en diversos grados de consanguinidad) disfrute de la comida. Solo se oye un carcelario golpeteo rítmico de cucharas, algún sorber, un llanto silencioso que ocasionalmente deja escapar un sollozo ahogado. Pero los ojos de la anfitriona muestran un venerable atisbo de aprobación. Definitivamente las cosas están yendo mejor que el año pasado.

La bolsa negra

Toma aire y da una patada a la puerta, el comienzo de todo.

Un segundo después, apunta con un arma falsa a los hombres de la mesa.
Un minuto después, corre cargando la bolsa negra.
Una hora después, con un volantazo esquiva al coche que le embiste.
Un día después, rapado al cero, se afeita apresuradamente la barba.
Una semana después, come un horrible tajín en Marruecos, vigilando la calle.
Un mes después, insomne, contempla el ventilador girar.
Un año después, alguien dice su nombre a su espalda.

Cierra los ojos. Nunca imaginó que este momento también traería el alivio.
 


Veinte metros


Oscar, es que soy tu trampolín emocional. Cada vez que te abandonan me usas para recuperarte y saltar hacia otra. Me buscas porque sabes que siempre te espero y que abandonaré a cualquiera por ti. Pero apenas me das unas semanas de felicidad, un día te apagas como una vela y desapareces.

No es el momento más ortodoxo para esta discusión. El regulador no les permite leer los labios, con la máscara de buceo se pierde la expresión de su cara, el agua ralentiza la lengua de signos. 
Pero las palabras, incluso a veinte metros de profundidad, le queman igual.


Chan Chan

La orquesta se esfuerza en derretir con sones caribeños al auditorio, que parece tallado en piedra. Es una bronca entre los viejos dedos arañando canciones calientes y el público, pálido e inmóvil en sus butacas. Tampoco ayuda el escenario, ese coloso incongruente de telones bermellón. Elegancia histórica para los acordes del Chan Chan y la Tula, qué disparate.
Pero el venerable ritmo se abre paso. Un señor de Birmingham comienza a vibrar con ese punto cubano que no suena, se derrama. Siente que unos labios le soplan sensualmente al oído una palabra nueva.
Involuntariamente el primer herido mueve los pies.

La idea



Con un nítido destello cerebral, llega la idea.
Alcanza la mente del músico aprovechando el vacío que trae la lujuria. El huésped, sorprendido en pleno acto sexual, se interrumpe abrumado. Sus pupilas se dilatan con un fulgor azul. La idea, ese parásito insaciable, irradia su mente con sonidos ultraterrenos. Salta de la cama, expulsa a su irritada amante y dedica la noche entera a componer.
Al amanecer ha creado una canción inolvidable. Un clásico instantáneo.
Toca esa misma noche en su local de siempre.
Con los primeros acordes la idea ataca, voraz.
El público enmudece, arrebatado, y cien pupilas centellean.

El amante

En su refugio, el amante acecha sumido en las sombras. En el exterior, un caos terminal ruge y tiembla. Latidos mecánicos de luz naranja marcan los minutos finales de su hogar. No siente miedo, solo le consume una patética impaciencia. 
¿Por qué tarda tanto? No les queda mucho tiempo.
Al fin la mujer llega, gato en ristre. De nuevo su absoluta fragilidad conmueve al amante. Es un milagro tenaz. Emocionado, se dispone a honrar la delicada carne con un último beso.
Ripley lanza un breve grito cuando el xenomorfo emerge lentamente desde las sombras.
Si el amante pudiera llorar, lloraría.


Horrores


Le cuesta horrores subir las escaleras y abrir la puerta cargando con tantas bolsas, pero del modo inexplicable en que las pequeñas gestas cotidianas se completan, todo termina en la cocina.
Se sienta a beber agua, exhausta, mientras echa un vistazo alrededor. Todo conserva un engañoso halo de familiaridad, pero ahora es otra mujer la que sonríe en las fotos.

- Marisa, bonita, tú nos cuidarás la casa en Agosto, ¿verdad?
- Claro -  le respondió.

Suspira, abre la nevera y la llena metódicamente con los langostinos de las bolsas.
Después, la desenchufa de un tirón.
Sale muy ligera de casa su exmarido.

Un pony

El minotauro brama al cielo, la masa deforme de sus músculos se tensa salvajemente contra las cadenas. Aterrada, la niña da un paso atrás. El héroe la sostiene, se quita el yelmo y le sonríe.
- No le tengáis miedo, alteza. No puede haceros daño. Ahora es vuestro cautivo, un regalo por vuestro décimo cumpleaños.
El monstruo, desbocado, cocea el suelo tan fuerte que la niña siente el temblor en sus dientes.
- Tardamos meses y perdimos a buenos hombres para capturarlo, pero ahora es vuestro.
La pequeña, temblando, aparta la vista de las fauces humeantes.
Sinceramente, ella hubiera preferido un pony.




El gato


- Es desconcertante. Cada vez que abrimos la caja, el gato sigue vivo. Aproximadamente la mitad de las veces debería morir. Parecerá una locura, pero mi teoría es que el gato, este gato en particular - enfatiza - habría aprendido a elegir instintivamente el universo donde la partícula subatómica no activa el mecanismo que libera el veneno. A nivel cuántico, es como si siempre cayera de pie.

Todos miran al gato de Schödinger que, ajeno a todo, se esmera en su rutina de limpieza, la lengua de lija contra el pelaje negro.

- La pregunta ahora es: ¿para qué nos sirve un gato inmortal?