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luz


Imagina la bomba. 
Cómo desciende desde la curva plateada del bombardero y queda inmóvil, suspendida sobre la mañana emergente y el viento de las alturas. Un impasible óvalo de metal verde oliva.
Imagina al hombre en la cabina que empuja una última palanca. Esa mano inicia un proceso puramente mecánico, no hay nada más. El chasquido final que la libera es como el descorchar de una botella en una celebración. Todo funciona, la bomba cae, libre. 
El descenso traza una línea insignificante en un cielo inmenso.
Un objeto práctico, de un solo uso, que se llena de luz sobre Hiroshima.

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