prisioneros

El ansiado fin de la guerra fue celebrado por dos poblaciones hastiadas de años de horror, iniciando un camino de paz y entendimiento. Hubo un bello gesto inicial: se liberaron los primeros prisioneros, una larga hilera de hombres sucios y sonrientes. La respuesta, tan veloz como emotiva, fue soltar a otros tantos, uniformados y limpios, después de una copiosa cena. Como réplica, lujosos coches oficiales llevaron nuevos prisioneros a la frontera, vistiendo trajes y portando informes médicos sobre sus dolencias y tratamientos durante el cautiverio.
Un rumor irritado comenzó a circular en las calles “¿acaso se creen mejores que nosotros?”.

El Señor Hito

Sentado en su habitación favorita, ante el viejo jardín de piedra, el señor Hito razona. Ha observado las modificaciones que la luz provoca en las duras rocas, ha paseado con su mente por relieves y contrastes. Este vagabundeo ha permitido que su razón casi llegara a la verdad. Tan solo una última chispa, una idea final, le separa de su objetivo.
La katana atraviesa la pared de papel de arroz y luego el torso del señor Hito, no sin dolor y estragos.
Esta herida fatal trae la comprensión. No necesita girarse para descubrir quién es el traidor a su Casa.