el buceador

El buceador busca, pero no quiere encontrar. Se limita a contemplar el fondo arenoso, dejando la mente en blanco y haciendo que la regular cadencia de su respiración lo llene todo. Avanza despacio, moviendo suavemente las aletas entre las columnas de luz que cruzan el agua y se funden en este mundo de anomalías. Espira. Hay un bloque en el suelo demasiado limpio de sedimentos. Respira y observa la cadena enganchada, los eslabones que también se mecen al compás silencioso, hasta el tobillo, el cuerpo, la cara inexpresiva, los ojos vidriosos que no quería, por nada del mundo, encontrar.

Minuto de Caos

En su primer día en la oficina le advirtieron sobre el Minuto de Caos. Los trabajadores tenían exactamente sesenta segundos diarios para desatar sus energías contenidas, sin restricciones. A las once en punto, casi sufrió un infarto cuando todos sus compañeros comenzaron a gritar al unísono, con caras desencajadas de furia. Vio volando bolígrafos y teclados, un hombre volcó torpemente la fotocopiadora, su jefa abrió su blusa lascivamente hacia él, un desafío de pezones erectos. Más allá, dos hombres encorbatados lucharon, rodando por el suelo, hasta agotar el último segundo.
No pudo pensar en otra cosa hasta el día siguiente.

nené

Ay, el nené. Mira al nené, cómo camina. Uno, dos, así, con cuidado. Mira al guau. ¿Quieres ir al columpio? ¿Al caballito? ¿te quieres subir? Qué bonito el caballito. Uy, que tienes una amigüita, qué guapa. Dile “hola”, dile “hola, hola, ¿cómo te llamas?, yo me llamo Julito”. Ay, cómo se ríe. Es que los niños se entienden, ¿verdad? Ay, como se quieren, mire que abrazo, ay que besito. ¿Le das otro besito a la niña? Qué rica. ¿Manuel? ¿Es un niño? Qué gracioso. Yo pensé. Fíjate. Déjalo Julito, deja al nené. Ya está bien de besito, ven Julito, ven.