el cuerpo

El todoterreno sigue circulando despacio, con los intermitentes puestos, pero sin llegar a detenerse. Está hiperventilando, la descarga de adrenalina le ha puesto en órbita. Por el espejo retrovisor puede ver el cuerpo del ciclista caído. Bajo la escasa luz de la farola le parece entrever una rueda girando y algo negro que se extiende por el suelo. Es imposible que haya sobrevivido, se dice. Hasta la luna del todoterreno se ha agrietado. El coche sigue avanzando lentamente por la carretera, una recta oscura y silenciosa. Piensa en sus hijos durmiendo. Apenas es una decisión consciente acelerar alejándose del cuerpo.

orden del día

A continuación Don Gumersindo Albea, vecino del quinto derecha, toma la palabra para denunciar que le están robando ropa del tendedero del patio interior. Don Emilio Santos, vecino del cuarto izquierda, pide la palabra y expone que nadie se lleva nada de las líneas de Don Gumersindo, que otra cosa es que él tienda su ropa dónde quiere, por lo que seguramente acabará en la basura, que es donde de todas formas tendría que estar si Don Guimersindo tuviera vergüenza.
Seguidamente Don Emilio es interrumpido por un puñetazo en la boca que altera definitivamente el resto del orden del día.

La estrella internacional

La estrella internacional de canción ligera contempla a sus fans agolpándose en las puertas del hotel. Anoche hizo quizás la mejor actuación de su vida, no está seguro de si podrá superarla. La multitud corea sus temas, grita, pierde los estribos. El personal de seguridad apenas puede contener la riada de seguidores, cada vez mayor, que colapsa las puertas. Observa como éstas caen y la marabunta penetra corriendo en el interior del hotel, arrasando todo a su paso, gritando su nombre, buscándolo. La estrella internacional de canción ligera escucha, aterrorizado, como su última balada anuncia la llegada de la horda.

código de vestuario

Nunca le ha gustado el código de vestuario impuesto por su jefe. Le parece ridículo y arbitrario y le ha traído no pocos problemas. Al principio recibía simplemente carraspeos idiotas por sus zapatos italianos o un nuevo blazer, pero la hostilidad fue aumentando hacia las palabras mordaces, como cuando llevó el pañuelo Hermès. El colmo fue la bronca que recibió su dos piezas Versace. Es un profesional solvente, responsable y puntal. Y le gusta ir elegante, ¿qué más importa?
Intenta olvidar el asunto mientras puntea los atronadores primeros acordes, los focos barren el escenario y escucha los aullidos del público.

La respuesta

La pregunta queda en el aire, seguida por un tenso silencio expectante. Sabe que de su respuesta depende buena parte de su futuro. La decisión requiere un arrojo que no está seguro de tener. Sin quererlo, evoca su pasado familiar. A su bisabuelo, muerto heróicamente en misión de guerra. A su abuela, salvando a la familia de los bombardeos. A su padre, que impidió que el ayuntamiento derribara el viejo teatro poniéndose enfrente de las excavadoras. A su hermano y su larga disputa con la compañía del gas.
- No, lo siento. No es mi trabajo traerle cafés a nadie.

Humo

- En realidad no hay un porqué. No digo que seas tú o sea yo, simplemente son cosas que pasan.
Es una sucia artimaña, pero sabe que esta vaguedad le permite preparar el momento.
- Nada que hayas hecho. Quizás son cosas que no han pasado.
Saborea la perplejidad, la confusión culpable que ya se refleja en la cara de ella.
- Yo también pensé que esto iba hacia alguna parte. Pero, ¿hacia dónde?
Este humo tóxico comienza a hacer efecto. En su interior no tiene reservas en felicitarse por un buen trabajo cuando las primeras lágrimas comienzan a temblar.

el Maestro

El lenguaje es pecaminoso e ilusorio, medita el Maestro. Las vanas palabras sirven tanto para nombrar la estela de un caracol como el rastro de un cometa. Uno es la huella de un ser vivo insignificante, el otro es la coronación del universo. ¿Cómo pueden cosas tan dispares representarse con la misma clase de símbolos y sonidos? El lenguaje debería nombrar cada cosa, pero también aludir a su naturaleza. Pobres blasfemos. ¿Cómo pretenden abarcar el océano en una palabra? ¿Y el amor? ¿Cómo podrían así invocar a Dios?
Esto piensa el Maestro, aunque naturalmente nunca podrá decirlo, para no pecar.

Heracles

Heracles aparece victorioso sobre el descomunal Toro de Creta, una bestia que exhala lenguas de odio y fuego. El pueblo jalea al héroe a una prudente distancia. Heracles levanta el puño y reclama la gloria de su séptimo trabajo. Ha sido duro, tiene el cuerpo magullado, quemado, le duelen músculos desconocidos. Euristeo le recibe con frialdad y ordena liberar al animal, que causará estragos por el mundo. Entrega a Heracles el pergamino con su octava prueba. Debe robar las yeguas de Diomedes.
El héroe le mira, colérico. No puede creer que otra vez sea un contrato por obra y servicio.

escapatoria

El agente secreto de ficción siente el calor del rayo láser derritiendo la plancha de acero. Grilletes plateados sujetan sus manos y pies. La resplandeciente línea corta limpiamente el plano, como seguirá en pocos segundos – es difícil calcular cuántos – con su entrepierna y el resto de su cuerpo. Forzar las sujecciones no ha funcionado. Tampoco la oratoria, el subterfugio ni las amenazas. El rayo ya casi roza su piel, entiende que no tiene escapatoria. No se equivoca. La hoja se arruga y el hastiado escritor hace una bola con ella y la tira junto al enorme montón en el suelo.

lo peor de todo

De todas las situaciones que el profesor había tenido que soportar en su primer año de docencia, aquella sin duda era la peor. Le habían ignorado con saña, le habían lanzado bolas de papel y balas de tiza que dejaban duras exclamaciones blancas en la pizarra. Le habían pegado chicle en la ropa, le habían robado la cartera dos veces. Una vez le encerraron en el baño y tuvo que pedir ayuda gritando por la ventana. Tampoco olvidaba cómo fue rodar por las escaleras o apagar el incendio en su departamento. Pero aquello era, sin duda, lo peor de todo.

la evolución

Al final resultó que los creacionistas tenían razón. El mundo tenía unos pocos miles de años, había sido creado por Dios, un poco al tuntún, haciendo que algunas especies simplemente cambiaran de un día para otro. De hecho, los dinosaurios habían sido una broma privada entre dos naturalistas, un bulo que había ido creciendo hasta el disparate. Ya se sabe que la gente cree lo que quiere creer.
Vaya chasco, piensa el viejo científico, avergonzado. Pasó media vida dando altaneras conferencias sobre la evolución y ridiculizando a aquellos crédulos. Solo espera que no haya muchos conocidos aquí, en el infierno.

piso piloto

Jose, ¡me acaba de llamar mi hermana! ¿Te acuerdas que ayer iban a ver el piso piloto? Pues dice que está súper bien, que ya están terminando la urbanización y están vendiendo súper rápido, que es enorme y hay un centro comercial al lado, que en veinte minutos te pones en la circunvalación. Que son súper majos y te ayudan con el trámite de la hipoteca. ¡Ay, Jose! Dice que si queremos podríamos ir mañana a verla y a lo mejor coger un piso allí, al lado de ellos, pero hay que decirlo ya, que se están vendiendo súper rápido.

el secreto

La caja contiene tres grimorios forrados con piel, cubiertos de runas y extraños símbolos. También hay un puñal de plata, un espejo grabado con algo que parece árabe y dos frascos de cristal turbio, uno rojo y otro verde. Se sienta en el suelo de la cocina, junto a la baldosa rota donde acaba de encontrar la caja. Todo parece relacionado con su misterioso bisabuelo, que custodiaba un peligroso secreto, y con guerras silenciosas entre sociedades ocultas.
Se pasa la mano por la cara y resopla. Mejor deja todo este asunto pendiente hasta que termine el examen de las oposiciones.

Mamá Loawa

Está más nerviosa que la chica al otro lado del teléfono, pero hace lo posible por disimularlo. Escucha a sus compañeras alrededor, un murmullo de voces veteranas diciendo lo correcto, concentradas en sus propias conversaciones. Le sudan las palmas de las manos y nota un timbre poco profesional en su voz. Tiene una gran responsabilidad sobre sus hombros. Sus palabras podrían cambiar una vida, muchas vidas. Debe concentrarse, recordar todo lo que ha aprendido de Mamá Loawa.
- Rosa, de ese chico que te gusta, ¿sabes su fecha de nacimiento?- comienza a decir, mientras baraja las cartas con manos temblorosas.

el herido

Desde el suelo, se mira atónito las manos rojas. Sangra profusamente por el abdomen.
De pronto, también por el cuello.
Se presiona torpemente intentando detener las hemorragias, pero es inútil. De sus heridas nace un rápido sendero rojo que solo lleva a un lugar. Se asusta cuando sus ojos se velan. Emite un gemido sibilante, tiembla. Finalmente queda inmóvil y deja de ser un herido.
Justo delante, el hombre que sujeta el destornillador retrocede unos pasos para que la sangre no le manche los zapatos. Sonríe pensando que hubo idiotas que dijeron que la venganza no le devolvería la paz.